Sunday, December 03, 2006

El paradigma mafioso

Aunque no deja de ser ubicua y muy concreta, la mafia también es una metáfora: comporta en su significado todo un mundo de relaciones (el de los poderes legales y los no del todo legales) y un comportamiento. O mejor: es una cultura.
En El País. Libro del estilo, los editores del diario madrileño quieren ser inequívocos respecto al uso de la palabra mafia.
Organización de origen siciliano, de carácter delictivo y secreto, con multiplicidad de fines: el lucro, la venganza, el socorro mutuo y el encubrimiento entre sus miembros. Otra nota peculiar –que la ha distinguido históricamente de cualquier otra organización criminal— es que siempre ha estado relacionada con el mundo político; en ocasiones, para valerse del poder, y en otras, para ser utilizada por éste. Se escribe en redonda y con mayúscula inicial. Cuando la palabra “mafia” se aplique, por extensión, a cualquiera otra organización clandestina y criminal, se escribirá toda en minúsculas pero en redondas.
No es tan ancestral la mafia. No ha existido toda la vida. E.J. Hobsbawm la localiza hacia principios del siglo XIX. Es decir, no tiene todavía 200 años de existencia. El dato, por supuesto, es sobre la mafia rural... una organización emanada de la Sicilia occidental en la que el capo ejercía como una especie de juez de paz y todo el mundo lo conocía, todos sabían quién era. La mafia, así, era una instancia de la justicia informal, paralela y al margen de la justicia administrativa del Estado en la que los campesinos sicilianos no podían confiar. Y eso fue la mafia hasta bien entrado el siglo XX.
La mafia de después de la Segunda Guerra Mundial, durante la postguerra italiana, es otra historia: es frecuente la utilización política de la delincuencia. Primero por los “aliados” –al negociar los norteamericanos con Lucky Luciano que la mafia contribuyera informativa y logísticamente al desembarco encabezado por Patton y otros generales— y luego por los terratenientes y el gobierno de la Democracia Cristiana para que el bandido Salvatore Giuliano (que no era de la mafia) masacrara en Portella della Ginestra a los trabajadores del campo que empezaban a organizarse políticamente.
Si Francesco Rosi realiza Salvatore Giuliano es porque se trata de una historia ejemplar, paradigmática, de los usos que el poder suele hacer de crimen como operativo político. El mismo asunto, pero en manos de Mario Puzo, en El siciliano, es una operación comercial.
Habría que entender la política italiana desde adentro, viviendo unos años en la península, para discernir el tipo de cosas que el poder oculta para entender poco a poco cómo los funcionarios del Estado juegan a no darse cuenta de nada. El lavado de dinero, el tráfico de influencias, las simulaciones financieras, los contratos ficticios para formalizar un aumento en la cuenta bancaria, son apenas unas de las pocas colusiones entre funcionarios, banqueros y narcotraficantes ligados a la mafia. Y eso que en Italia sí hay Estado. Sí se respetan las leyes, sí se obedece el control de precios de punta a punta de la península, sí hay un Poder Judicial separado del Ejecutivo, los jueces tienen un enorme poder, los carabineros no asaltan a los ciudadanos y, se dice, no torturan.
Así, la mafia contemporánea es otra cosa. Dejó de ser rural y se convirtió en internacional al entrar en el negocio de la droga. Se dice que lo que sucede en Palermo es cosa de niños si se compara con los hechos de sangre que ocurren en Culiacán o en Matamoros, en Medellín o en Bogotá, pero la verdad es que la mafia en Sicilia es tan brutal y demencial como en Colombia. Su negocio implica mucha paranoia, mucho ver moros con tranchete.
Estas diferencias las explica muy bien Fabrizio Calvi, el jovencísimo periodista francés que a los 19 años ya era en Italia corresponsal de Liberation, en su libro La vida cotidiana de la mafia. Habla allí de la mafia de los años ochenta, de las confesiones de Tommaso Buscetta, de las familias que se dividen territorialmente Palermo y otras regiones de la Sicilia occidental, de Michele Greco, de los hermanos Bontate, de cómo todavía se sigue la costumbre de desaparecer a algún enemigo hundiéndole en un enorme tonel de vinatería lleno de ácido.
No es muy riguroso, ciertamente, aunque valga la analogía por extensión, parangonar a la mafia con el cacicazgo mexicano. Fabrizio Calvi (pseudónimo de este muchacho que en realidad tiene un nombre árabe) nos ha hecho ver que lo que une a los mafiosos es sobre todo un pacto de sangre: un rito que se cumple cuando las gotas de sangre del pulgar (extraídas con una espina de naranjo) caen sobre una cierta fotografía –un familiar, la virgen Santa Rosalía— a la que se le prende fuego. A partir de entonces el recién iniciado se convierte en un “hombre de honor”.
Fabrizio Calvi consigue en El misterio de la mafia, título de la traducción al castellano publicada por Gedisa en Buenos Aires en 1987, recrear el ambiente y el funcionamiento de la mafia moderna, su gobierno y la solemnidad de sus ejecuciones, en un alucinante viaje por la noche del crimen y sus códigos.