Sunday, December 03, 2006

Puertas abiertas

En 1937 un juez de Palermo se niega a emitir una sentencia de muerte. Por principio. Porque un crimen no se puede corregir con otro crimen. Porque en realidad, según la apreciación de Salvatore Satta, el que mata no es el legislador que hace la ley sino el juez que la ejecuta. El juez es el verdugo.
Estamos en el gran momento del fascismo que ha venido corriendo y devastando por la península y la sociedad italianas desde 1922. El fascismo que introduce en Italia una ley que no se tenía antes: la pena de muerte. ¿Para qué? Para preservar el orden. Para amedrentar a quien intente matar a Mussolini. Y todo en nombre de la ley en defensa de ese bien supremo que es la vida.
Puertas abiertas, la novela de Leonardo Sciascia publicada en 1988, tiene como tema nuclear precisamente ése: la pena capital. El caso individual de un juez que, a costa de su carrera profesional, se enfrenta a la intolerancia, a la represión, a la pena de muerte, resulta paradigmático: síntesis de la lucha del ciudadano contra el poder, recreación simbólica de la objeción que Antígona antepone al Estado. Uno de los razonamientos del juez es que “los instintos que estallan en un linchamiento, la furia, la locura, resultan menos atroces que el macabro rito promovido por un tribunal de justicia al dictar la pena capital”. Una sentencia de ese juez, en nombre de la justicia, del derecho, de la razón, del rey por gracia de Dios y voluntad de la nación, entrega a un hombre a los tiros de doce fusiles levantados por doce hombres alistados para garantizar el bien de los ciudadanos y legaliza la comisión de un asesinato no sólo impune sino premiado. “Un llamamiento al asesinato que se realiza con la gratitud y la gratificación del Estado.”
El discurso justificatorio de quienes entonces detentaban el poder era que bajo el fascismo en Italia se podía dormir con las puertas abiertas. Orden. Seguridad. Law and order.
—Yo por mi parte cierro la puerta –dice el juez.
—Yo también –le contesta el procurador general—. Pero debemos reconocer que el restablecimiento de la pena de muerte ha servido para meter en la cabeza de la gente que el Estado se preocupa por la seguridad de los ciudadanos, la idea de que, realmente, ahora se duerme con las puertas abiertas (como en Navojoa en verano).
Sí, comenta Sciascia, pero con las puertas abiertas a la locura. En el Palermo de aquel año, en efecto, se vivía el sueño de las puertas abiertas (metáfora suprema del orden, la seguridad, la confianza), pero durante la vigilia, a lo largo de la jornada diurna, los ciudadanos que querían estar despiertos e indagar, comprender, juzgar y objetar, sólo se encontraban con puertas cerradas.
Puertas cerradas eran los periódicos y los ciudadanos advertían esas puertas cerradas cuando algo sucedía delante de sus ojos, algo grave, trágico, y buscaban la noticia pero no la encontraban o la leían, cuando mucho, tergiversada.
Cuando Aldo Moro se encontraba en la “cárcel del pueblo”, en manos de las Brigadas Rojas, se dice que Andreotti redactó de su puño y letra el comunicado por el cual el gobierno se negaba a negociar. “La suya es la imagen”, dice Sciascia, “de un hombre que escribe una sentencia.” Y la sentencia resulta ser la escritura eficaz, la escritura del poder que, como siempre, y en último análisis, es poder de matar. En Sicilia como metáfora (conversaciones con Marcelle Padovani), recuerda que cuando era niño se dio cuenta de que el fascismo realmente existía cuando se empezó a hablar de la pena de muerte, de la necesidad de volverla a establecer para los crímenes cometidos contra los hombres que dirigían el Estado.
Yo creía que la cárcel –donde habían acabado tantas personas, incluso vecinos, durante los años de lucha contra la mafia— era el peor de los castigos que se puede infligir a un hombre. Que como castigo se pudiera dar muerte a alguien era una idea que me trastornaba, me aterraba. Que se pudiera dar muerte así, fríamente, reuniendo escritos sobre un escritorio.
No era el hecho de que hubiera hombres que pudieran matar a otros hombres. La crónica del país no carecía de asesinatos. Lo que inquietaba a Sciascia, lo que para él era un verdadero trauma, “era la muerte a través de una sentencia, la muerte a través de la escritura”. Le tenía sin cuidado que la pena de muerte en aquella época existiera también en países no fascistas. En Italia no existía y Mussolini la había introducido. Todo esto lo condujo a mirar mejor por dentro el fascismo, a entrever todo lo que en el fascismo había contra la libertad y la dignidad. La pena de muerte “me sigue pareciendo la mayor infamia a la que pueden llegar un Estado, una sociedad y toda aquella parte del género humano que la tolera, la acepta o se resigna”.
El director Gianni Amelio, con un guión suyo y de Vincenzo Cerami, filmó en 1990 Puertas abiertas, “una película que maneja temas e ideas como suele hacerse en una obra literaria”. Se trata de una inspirada argumentación en contra de la pena de muerte y la naturaleza de los regímenes represivos. Su proposición no se fundamenta en el discurso ni en la declamación de ideas propias de la filosofía jurídica. Como toda obra de arte cinematográfica, se encomienda, para decir lo que tiene que decir, en las emociones de sus personajes. Un asesino de Palermo, que en un solo día mató al jefe que lo cesó de su trabajo, al hombre que lo reemplazó y a su propia esposa, reconoce su culpa y no se opone a su ejecución. Quiere que se le mate y se irrita cuando el juez, interpretado por Gian María Volonté, se niega a sentenciarlo a muerte. El argumento abunda en la convicción de que el Estado no tiene derecho a quitarle la vida a nadie o, como dice el juez: “La pena de muerte sólo beneficia a los gobernantes, no a los ciudadanos.”

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